Los argentinos solemos cuestionarnos a diario sobre la realidad y la historia de nuestro país, y habitualmente nos preguntamos por qué no logramos ser una potencial mundial, si contamos con abundantes y valiosos recursos humanos y naturales. Por el contrario, vivimos inmersos en un círculo vicioso del que no podemos salir. Pese a que producimos alimentos para más de 300 millones de personas, casi 15 millones de compatriotas viven en condiciones de pobreza e indigencia.

Esta situación nos hace un país vulnerable y complicado en varios aspectos. Sin embargo, más allá de los innumerables obstáculos hemos logrado ser líderes globales en distintos ámbitos y actividades. El agro, sin dudas, es uno de los sectores que nos ha posicionado como una potencia en la producción y exportación de alimentos. Pero la agroindustria en su conjunto debe convivir con los grandes contrastes que exhibe la realidad económica, política y social de nuestra nación.

En este contexto, existe un eficiente polo agroindustrial sojero (el tercero en importancia en el mundo y el mayor de Latinoamérica) que es reconocido internacionalmente por su alta competitividad para agregarle valor a la producción primaria y transformar la soja en subproductos como la harina proteica, el aceite y el biodiesel. El Cluster de procesamiento y exportación de oleaginosas y cereales, ubicado en la provincia de Santa Fe, en torno al Gran Rosario, desde las localidades de Timbúes en el norte hasta Arroyo Seco en el sur, conforma, tal vez, uno de los nodos productivos más importantes del planeta. A lo largo de 70 kilómetros en las costas del río Paraná conviven más de 30 fábricas y terminales portuarias que procesan y comercializan al mundo más del 80 por ciento de los granos y subproductos de Argentina.

Lamentablemente, el polo agroindustrial sojero –ejemplo a nivel mundial– contrasta con las enormes deficiencias que tiene nuestro país en materia de infraestructura vial (rutas, autopistas, caminos rurales, etcétera), de desarrollo del transporte ferroviario y de vías navegables (en los principales ríos), lo que deja al descubierto cómo la eficiencia a veces debe lidiar con la ineficiencia que inclina negativamente la balanza restando competitividad.

El complejo de la soja aporta a través de sus ventas externas de granos y subproductos (unos 41 millones de toneladas aproximadamente) más de 18 mil millones de dólares, que representan el 30 por ciento de las exportaciones argentinas y son la principal fuente de divisas genuinas que ingresan cada año para fortalecer la economía. En síntesis, el sector genera 4 de cada 10 dólares del comercio exterior del país.

Si Argentina hubiese realizado las inversiones postergadas durante décadas en lo que respecta a infraestructura vial, ferroviaria, y vías navegables, necesarias para poder desarrollarse y competir en igualdad de condiciones con el resto del mundo, otra hubiese sido la historia. Hoy es más elevado el costo del flete en camión para trasladar una tonelada de soja desde Salta hasta los puertos del Gran Rosario, que transportar en un buque de ultramar una tonelada de la oleaginosa de esas terminales hacia China. Todo esto es parte del llamado “costo argentino”, que configura un conjunto de verdaderas barreras internas que desalientan el desarrollo productivo. Por suerte, existen ejemplos virtuosos como el competitivo complejo sojero que exhibimos orgullosos ante los ojos del mundo entero