No es sólo un decir que “la miel es un producto de tradición”, porque, mirando la historia, vemos que la miel se vincula al consumo humano desde tiempos muy antiguos: hay imágenes en pinturas de Valencia que ya muestran hombres recolectando miel, y datan de 7.000 años Antes de Cristo. Así lo contaba en Palabra de Campo -por Radio 10- el especialista en agroalimentos y columnista de Agrolink, Claudio Sabsay.

Así ha ido creciendo a lo largo de la historia su mercado a nivel mundial. Y en las últimas décadas ha sido muy variado, tanto en el crecimiento de la producción como en el comercio, ya que ha tenido oscilaciones pasando de 1 millón de toneladas al final del siglo XX a superar 1,8 millones de toneladas en 2015.

La tasa de crecimiento de este mercado ha sido muy significativa, aunque se ven oscilaciones interanuales por las situaciones cambiantes de cada país. Por ejemplo, Estados Unidos ha disminuido su producción mundial porque utiliza a las abejas con efecto polinizador en sus cultivos, y deriva gran parte de la producción de miel a la industrialización.

En Europa ocurrió que se ha abierto un gran debate sobre la importación de mieles de países que tienen cultivos de OGM (Organismos Genéticamente Modificados), por lo que la discusión se basó en su el bloque debería o no aceptar esa miel.

China se consolida como el primer productor a nivel mundial, pero los 10 principales países productores concentran poco más de la producción mundial, y sólo el 36% de esa producción se comercializa a nivel mundial. Sacando algunos ejemplos particulares, los grandes importadores como EEUU y algunos países de Europa, encabezados por Alemania, son países que compran miel a granel y la fraccionan a destino, por lo que hay un inconveniente con el agregado de valor a la exportación.

¿Y Argentina?

Argentina, con su bajísimo consumo interno que llega a los 160 gramos por habitante por año, no se compara con muchos de los países mencionados antes, que tienen consumos promedio de 1 kilo por habitante por año. Esto da a nuestro país un saldo exportable muy importante.

Otra de las características de la miel argentina es que hay mucha concentración en la exportación. El 85% de la miel que se vende al exterior proviene sólo de tres empresas. Eso vemos en un país en el que, según el Ministerio de Agricultura, hay mucha participación de pequeños y medianos apicultores: el 80% de los apicultores tienen menos de 200 colmenas, y sólo el 5% llega a más de 2.000 colmenas.

“Se viene trabajando con perspectivas buenas para el futuro”, dice Claudio Sabsay, mientras cuenta que el año pasado empezó a negociarse con China la posibilidad de llegar a ese destino con miel argentina. Hace pocos días se anunció que está aprobado el protocolo sanitario para acceder a ese mercado, una gran noticia, ya que, si bien China es el primer productor y exportador a nivel mundial, tiene 300 millones de personas que buscan consumir mieles importadas de alto valor, por eso es un gran potencial de mercado para la producción apícola nacional.

Uno de los problemas para la miel de Argentina es que el precio promedio ha bajado casi 20% en los últimos cinco años, mientras que en otros países con políticas de diferenciación de propiedad intelectual y campañas de marketing, se vio un incremento muy fuerte. Un ejemplo es Nueva Zelanda, que en esos mismos cinco años incrementó 90% su precio, y se volvió el país que más aumentó en su valor por tonelada de miel gracias a estas estrategias. Ahí está entonces uno de los principales desafíos para la producción nacional.